viernes, 28 de febrero de 2014

GUARDIANES CALLADOS.- Por María del Carmen Macedo

Oímos la frase: el perro es el mejor amigo del hombre. Pero en mi experiencia como voluntaria en albergues de animales, constato la veracidad de la cita, pero faltó agregar una pequeña excepción: muchas veces el hombre es el peor enemigo del perro. Perruna, la comunidad donde apoyo y yo, acudimos a rescatar a 19 perros del dominio de un hombre mayor, quien pasó de ser  dueño a volverse un acumulador. Extensas jornadas en las que propios y extraños juntamos donaciones de alimento, primero para él, y también para los animales. Se esterilizó a los perros en tres días sin descanso con la ayuda de un veterinario que no cobró ni un centavo, se trabajó en convertir el “hogar” sucio, abandonado y carcomido por años de descuido en un nuevo albergue. De ser una brigada de voluntarios, fuimos más: héroes; padres y madres de los cachorros salvajes que nunca habían visto más que a un humano: el señor que decidió cedérnoslos y nos demandó por allanamiento de morada, él, quien tomó las donaciones y luego nos traicionó, nos sacó junto a los perros, pero no hubo quejas nuestras, recurrimos a la acción legal y no procedió nada. Sin haber perdido la calma y cariño a los animales, las horas de limpieza, cuidados veterinarios, el empeño para pintar y lavar pisos… se llegó a una mágica solución, el Albergue San Cristóbal nos abrió las puertas de sus terrenos, reunimos esfuerzos para construir corrales, solventamos los gastos de nuestro bolsillo y el resultado fue simplemente el porqué hacemos lo que amamos: los perros están sanos y libres de encierro, amenazas o malos tratos y para uno como ser humano, el sabor de boca de contribuir a un mundo sin violencia es único, porque la indiferencia y el mal en la sociedad empieza cuando se le da la espalda a los más inocentes. Es lo que siempre decimos a los niños que vienen por vez primera a los refugios, ellos, que serán los protectores del mañana.

María del Carmen Macedo 
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REYES MAGOS.- Por María del Carmen Macedo

Año con año participo con mi esposo en un bonito proyecto llamado: Dona un juguete, un grupo de muchachos organizan colectas de ropa y juguetes nuevos o en buen estado y el domingo posterior al día de reyes se acude al lugar que se haya acordado para repartirlos, el primero al que asistí consistía en llevar los obsequios a un orfanatorio en donde había solo jovencitas. De modo que difundimos el evento por vía redes sociales y para este proyecto tuve la posibilidad de llevar bastantes donaciones, una bolsa grande de ropa de mujer para talla chica y mediana, además de juguetes para niñas más pequeñas, después en una camioneta se recabaría lo obtenido y se acordarían los últimos detalles de la convivencia que se llevaría a cabo con ayuda de otra organización hermana: Comida, no bombas. Camino al punto de reunión descendiendo del tren subterráneo había un hombre que tocaba la armónica por un par de monedas y a su lado dos niñas de menos de cinco años lo acompañaban aburridas. Lo pensé solo un segundo: del saco en que llevaba las donaciones ya contabilizadas tomé el juguete más grande, un juego de té y se lo puse en las manos a la niña mayor: ¿lo quieres?, dije, ella lo sujetó y con la otra pequeña lo miró asombrada, el hombre nos agradeció pero mi esposo y yo estábamos muy apenados por ese gesto de bondad que hacíamos de forma pública por vez primera. Tuvimos que reponer el juguete faltante, mas no importó porque una sonrisa extra nunca puede caerle mal a nadie. Las chicas del orfanato, además de la ropa nueva que lucieron, comieron lo que los colegas llevaron. Incluso conocidos que manejan las artes escénicas brindaron un espectáculo de payasos y las más chicas abrieron sus juguetes ansiosas, de la misma manera en que recuerdo a esas dos niñas sentadas en el suelo en medio de un melancólico ritmo de armónica.

María del Carmen Macedo 
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EL PODER DE RENUNCIAR.- Por María Gherasim

Nuestra vida es un instante entre el momento de llegar en el mundo real y el momento de pasar hacía el desconocido. Entonces me pregunto ¿cómo da tiempo de odiar, de destruir, de matar? Se puede dedicar un poco de tiempo para amar. El mundo está mal repartido: entre su lado lleno de riqueza y otro de dolor existen almas  que llegaron a ignorar cualquier sufrimiento, que les dan igual el dolor, el vivir, el morir porque de ellos se olvidó hasta el Dios. Si intentaremos dejar de pensar en nosotros mismos, será un buen comienzo de repensar la vida, de dejar de lado el orgullo de dominar el mundo. Entonces nos daremos cuenta que no son necesarias las armas, que mejor se pueden construir puentes entre almas, hogares donde los niños crezcan felices y preparen el futuro de este mundo envejecido e infeliz. Y así poco a poco como un aleteo de mariposa el efecto podrá llegar en cada rincón del mundo derrumbando barrera por barrera. Se puede empezar muy sencillo, renunciado cada día a pequeñas cosas, insignificantes para nosotros pero muy importantes para otros porque se pueden convertir en esperanzas de vivir un poco mejor o simplemente de vivir. El poder, la riqueza no traen la felicidad, al contrario, traen más deseos y frustraciones de no llegar a cumplir con todo porque cada día hay más y más...Encontrar la felicidad, no es fácil pero se puede inventar: si miramos en los ojos de un niño hambriento cuando le regalamos un trozo de pan, si miramos las lágrimas de un abuelo cuando le damos un abrazo en el día de su cumpleaños, si miramos la sonrisa de un hombre sin techo cuando le regalamos un té caliente en pleno invierno, descubrimos que la felicidad existe  tan cerca de nosotros, solamente tenemos que tener ojos para ver y tiempo para entender la simplicidad de las cosas que pueden traer una gran complejidad de inesperados cumplimientos.

María Gherasim
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LA RISA, LA MEJOR MEDICINA.- Por María Martínez García

La sala está en penumbra. La poca luz que ilumina la estancia proviene  de los cuatro focos que alumbran mi espejo. Me siento frente a él y observo la imagen que me devuelve. Mi vida no es perfecta, ni mucho menos, pero en este momento yo no importo, simplemente soy una pieza más en este rompecabezas llamado mundo. Empiezo a revolver todo. Pintura por aquí, pintura por allí. El traje y lista. Recorro los pasillos mientras rostros rotos de dolor me observan, sonríen y siento que haberme levantado de la cama ya ha tenido sentido.  Por fin llego a mi destino. Ante mi hay una gran puerta doble sobre la que cuelga un letrero: “Ala de pediatría”. La abro y el sonido de las risas infantiles se mezcla con los llantos silenciosos. Cada mañana el mismo recorrido, de la sala 320 a la 380. Una tras otra van alegrándome el día. Hay una en concreto, la 327, donde entrar es la mayor alegría, y a la vez la mayor tristeza. Llamo a la puerta y una voz risueña me permite entrar. Todas las mañanas la misma rutina, entro, la joven se acerca a mí, lee la placa que hay en mi traje y siempre dice la misma frase: “¡Mamá!¡Ya ha llegado Lucy la payasa!”. En ese momento mi sonrisa crece y aunque Alicia al día siguiente no me recuerde, por culpa de su enfermedad, se que debo hacerle olvidar donde está y sacarle una gran sonrisa.

María Martínez García
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EL DOLOR DE OLINDA.- Por María Cristina Beovide

Cuando el obstetra empezó a maniobrar con decisión en el cuerpo de Olinda la partera  le apretó  fuerte la mano derecha que colgaba al costado de la camilla. Esperó un gesto de dolor, de miedo, para acompañarla, para que supiera que ella entendía su padecimiento. Pero no hubo una sola lágrima ni un ligero humedecimiento en los ojos de la mujer. Se dejaba hacer como si no se tratara de su cuerpo, como si esa carne hinchada y caliente no le perteneciera.

Olinda  sostuvo por algunos segundos una imagen que, como tantas otras veces, vino a  su mente. Aquella primera vez en que el  abuelo Antonio le hizo un juego que le dolió mucho y sangró. “No es para sufrir, mi chiquita, sos mi reina y me gusta jugar con vos, pero sólo con vos ¿sabés?” .

La partera también desandó el tiempo y recordó su ingreso como voluntaria en el Hospital de Niños. Tenía dieciocho años.  En esa tarea aprendió el valor de una caricia, de una palabra, del silencio compartido.

La mano de Olinda seguía  sin moverse,  laxa  en la mano de la partera. Olinda pensó ¿Esta mujer tendrá hijos? Luego la cabeza  se  le fue ordenando  de nuevo con las prioridades del cotidiano. Que sus hijos quedaron con la vecina, que si le alcanzaría la plata que  dejó. Que si se curaría de esta infección. Que si le darían gratis los remedios. 

Cuando la partera,  inclinándose despacito hacia ella, le susurró en el oído una antigua nana, la muchacha se sobresaltó. Sonrió avergonzada y unas cuantas lágrimas se animaron a bajar por su  piel áspera, injustamente áspera.

María Cristina Beovide
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AMARGO Y DULCE.- Por Sandra Monteverde Ghuisolfi

La doctora Farías llegó a la plantación de cacao después de un larguísimo y fatigoso viaje a través de la jungla nigeriana. Llevaba una gran cantidad de vacunas de las cuales se había provisto en una ONG de la zona. Sabía que en los cacaotales se vive bajo la planta casi, pues el control del crecimiento los árboles debe ser diario, continuo y minucioso. Por tanto, allí mismo encontraría niños que con seguridad jamás fueron vacunados. Virginia Farías llevaba muchos años luchando por la salud y la educación de los niños africanos, pero jamás se imaginó encontrarse un panorama tan pobre y desolador. Contó quince pequeños de ambos sexos, con edades comprendidas entre el año y los diez o doce, que presentaban claros signos de malnutrición. La médica hablaba un poco de cada idioma, por lo que se dirigió personalmente al encuentro del plantador mayor, de quien obtuvo el permiso para inocular a los niños; luego con mucha paciencia les explicó a los más grandes, que la miraban con una mezcla de respeto y fascinación, que sentirían como si los hubiera picado un tábano. Se corrió la voz entre todos y ni uno solo de los pequeños pacientes se quejó ni lloró. Una vez terminada la tarea, la doctora se sentó bajo un enorme árbol a descansar, hidratarse y reponer fuerzas, antes de retomar el camino y volver a Abuya, la capital del país a cientos de kilómetros hacia el sur. Tímidamente los niños se fueron acercando y Virginia repartió el contenido de su mochila entre los pequeños: dos botellines de agua tibia y varias chocolatinas. Los críos cogieron un botellín para repartir entre todos y dedicaron toda su atención al dulce. Mas tarde y aún chupándose los dedos cada uno se acercó a agradecerle que los hubiera convidado con el manjar más exquisito que hubieran probado en sus cortas vidas.

Sandra Monteverde Ghuisolfi
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jueves, 27 de febrero de 2014

EL VOLUNTARIO.- Por Eva Torre Fernández

Ya casi ni me acuerdo de los cinco años de tedio, desesperación e infierno que pasé cuando la empresa familiar quebró. Me levantaba todas las mañanas porque si no lo hacía, mis padres me habrían obligado a levantarme. Me iba después a dar una vuelta, fingiendo que iba a buscar trabajo (sí, lo hice los dos primeros años, pero luego ya no tenía ni fuerzas). Caminaba por las calles menos céntricas para no encontrarme con nadie conocido, para no tener que dar explicaciones, aun sabiendo que había mucha gente en la misma situación que yo porque la crisis había arrasado con muchos puestos de trabajo y muchas vidas. Por la tarde me quedaba en casa y pasaba horas en internet haciendo amigos virtuales que nunca conocería en persona. Había empezado a tener problemas con mis padres porque bebía demasiado, cada día comenzaba a beber un poco antes de que llegara la hora de la cena. 

Pero ya casi ni me acuerdo de esos cinco años y seguramente queden enterrados en la memoria negra del tiempo, donde se guardan los pecados no confesados, las depresiones pasadas, los deseos no cumplidos, las locuras y crímenes más inhumanos. Mi memoria, mi corazón y mi cerebro están hoy llenos de una esperanza y una alegría profundas, desde que decidí dar el paso. Hoy, sencillamente, soy feliz ayudando a otros y he comprobado que es verdad lo que una vez leí: Que aquello que te guardas para ti, lo pierdes, pero aquello que das, es tuyo para siempre.

Eva Torre Fernández
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