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sábado, 1 de marzo de 2014

EL VOLUNTARIADO.- Por María José Tapia Arriaga

Cuando llego aquí, lo primero que me llama la atención es la cantidad de gente que hay. Hay demasiados. Hay muchos niños, con las caras manchadas y los ojos apagados. También están sus abuelos y sus padres, todos con desconfianza clara en los ojos. Me obligo a mi misma a dejar que no me afecte. No vengo a pasarlo mal, sino a ayudarlos. Nuestra monitora nos está dando las últimas explicaciones, lo último que dice es “lo importante es hacerles sonreír, hoy es navidad”. Si es Navidad, ¿Cómo no pueden sentir alegría? Nos bajamos del bus y nos colocamos en fila para cargar con las cajas llenas de comida que les traemos. Uno y dos, uno y dos, todos juntos. Estamos así un rato. La gente se ha solidarizado mucho. Pero ellos siguen sin sonreír. Me fijo en un niño que no tendrá más de cinco años. Tiene el dedo metido en la boca y su camisa le queda demasiado grande, pero lo que más me llama la atención son sus ojos. Tan grandes que lo ven todo. Y no encuentro en ellos lo que se esperaría encontrar en los ojos de un niño. Me gustaría decirles a todos ellos que no pierdan la esperanza. Que si estamos ahí es por algo. Porque aunque no lo crean hay gente, gente ahí fuera que quiere ayudarles, gente buena de verdad. Y me alegra ser una de ellas.

María José Tapia Arriaga
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VACACIONES DE VERANO.- Por Roberto Ruiz Balmaseda

En el campamento de refugiados saharauis de Dajda en Tinduf el acceso al agua potable está restringido y tampoco hay red de alcantarillado, pero hay un “Corte Inglés”. Así, escrito en español y con el famoso triangulito verde estampado en la fachada de adobe. Es una construcción modesta de apenas unos metros cuadrados, que hace las veces de colmado del campo. Su dueño, Kasib, hoy no ha abierto y eso es algo que ocurre muy pocas veces pero hay motivos para ello. Bueno, en realidad hay un solo motivo.

Hoy acompaña a su familia a la pequeña escuela del campamento donde estudia su hijo mayor Ahmed. Van todos juntos: el propio Ahmed, de seis años de edad, su madre Bashira y la recién llegada a la familia que va en brazos de su padre. En todo el campo hay una agitación inusual entre las familias que tienen hijos de la edad de Ahmed. Todas se dirigen hacia la escuela como si éste fuera hoy lugar de peregrinación. Bashira, la madre de Ahmed, no ha dormido en toda la noche, en parte por los lloros de la pequeña pero sobre todo por la oportunidad que tiene Ahmed y por ende su familia. Sin embargo son sentimientos encontrados, pues algo de temor también existe. Una vez dentro de la escuela la expectación es máxima acompañada de un murmullo de nerviosismo. La estancia está a rebosar y cuando por fin entra la profesora con el folio que contiene la lista, se produce un silencio instantáneo fruto de la ansiedad. Tras los saludos previos, la profesora empieza a leer los nombres que tiene en la lista. Bashira, presa ya de la tensión, se libera cuando escucha el nombre de su hijo. A continuación intercambia una mirada cómplice con su esposo y besa a sus hijos. El sueño se ha cumplido: Ahmed pasará el verano en España con una familia adoptiva.

Roberto Ruiz Balmaseda
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QUERER ES PODER.- Por Andrés Salcedo Fernández

Sus perezosas sabanas todavía envolvían la piel de aquel veterano cuerpo. El día amanecía tedioso y frío, su esfuerzo por iniciar aquella jornada parecía ser una batalla perdida. Cuando sin previo aviso, de repente, su mente inició un examen vital de su anodina vida, esa realidad que inundaba su existencia, “lo que hoy era y lo que en su inocencia soñaba ser de niño” 

La reflexión duró breves instantes, aunque para él fue el repaso de toda una vida. Como  conclusión surgió un hondo suspiro ahogado de lo más profundo de su corazón. Junto a ese lamento a la vez brotó una esperanza inusitada que le decía “hoy es el día que siempre habías estado esperando” ese que le haría salir del bucle de languidez que inundaba su existencia

Sus ojos abiertos observaban sin ver la decoración de su habitación, las imágenes en forma de fotografías inundaban las paredes de aquel cuartucho, mostraban personas con sonrisas limpias, abrazos emocionados, miradas brillantes de ilusión y esperanza, Con un común denominador en todas las instantáneas, él estaba presente junto a esos seres invisibles

Con una energía inusitada salto de aquel iluso camastro, y en su cabeza solo el pensamiento de aquel almacén de la ONG sin nombre, que para muchos era incluso un hogar, empezó a realizar un inventario mental “se han acabado los zapatos, queda poco arroz, Ufff mantas viene una ola de frío, hay que avisar… que tarde se me ha hecho Dios”

Una suave sonrisa ahora estaba pintando su semblante, en su cerebro una sola frase se repetía con insistencia, “¿de qué me quejo? mi vida se renueva cada día gracias a ellos tengo el privilegio de poder ayudar a estos seres que para la sociedad son molestos y los arrincona, solo espero que cada día seamos más los que no solo miren sino que actúen”.

Andrés Salcedo Fernández
-Categoría La Rioja-

FIEL A MI PROMESA.- Por Mauricio Berruezo

Confieso que al pasar por esa calle y ver que una leve nube de humo salía por esa ventana pensé, no es nada; y de llegar a ser ya llegarán las personas que se encargarán de eso. Tres pasos más adelante por mi mente se cruzó: Y… ¿Si es? Si en verdad es lo que creo. Si de verdad esa casa se está incendiando. Pero, ¿Qué hago? No puedo faltar a esa fiesta, la cual tanto me constó organizar y en la que estaría esa persona por la que trabajé tanto para poder impresionarla. Todas esas horas de organización preparando el salón, llamados telefónicos. De pronto alejé esos pensamientos egoístas de mí. Giré y corrí hacia esa casa ya envuelta en llamas, casi insultándome a mí mismo al haber fallado por un instante al juramento que como voluntario había hecho años atrás en el cuartel de mi ciudad. Al llegar la casa sollozaba por la gran temperatura que había tomado su estructura, corrió en mí una mezcla de adrenalina y miedo el cual se acrecentó cuando dentro de ese cúmulo de llamas y hierros enardecidos se escuchó a lo lejos y casi ya sin fuerzas una voz que exclamaba ayuda. Entré, el calor y humo hacían mi visibilidad nula. Dejé de oír el llamado, pensé en salir del lugar, pero una fuerza extraña se apodero de mí, una fuerza que me dio paz, fe y tranquilidad. Seguí buscando casi sin poder respirar hasta que en un rincón, cerca de la ventana la encontré. Era una mujer, la miré, tome su mano y con voz firme le dije: -¡Mi nombre es Rubén, soy bombero voluntario y juntos vamos a salir! Con su mirada me mostró su gratitud y luego se desvaneció en mis brazos. Con mi último aliento logré encontrar una salida, llevé a la mejor hasta afuera, me recosté en el suelo, volví a tomar su mano y mirándola mis ojos comenzaban a cerrarse cuando de repente escuché: - ¡Tranquilo amigo ya estamos acá!... Buen trabajo. Eran Jesús y Adrián, amigos y colegas bomberos.

Mauricio Berruezo
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MENOS DA UNA PIEDRA.- Por Úrsula Melgar Arjona

La época de vacas gordas ya había terminado. Primero, su marido perdió su trabajo. Con la ayuda percibida no era posible cubrir todos los gastos. Por si fuera poco, el colegio donde iban sus hijos solicitó una considerable cantidad de dinero para diversas actividades escola-res.

La factura de la luz fue la gota que colmó el vaso. ¿Cómo iba a negar que los niños disfruta-sen por un rato, ya sea viendo la televisión o jugando a los videojuegos? En realidad, ese era el menor problema comparado con la compra de cada mes: Que si pollo en lugar de solomillo; esperar al mes que viene, a ver si baja el precio de los plátanos, etc.

Por fortuna, cerca de allí había una asociación encargada de suministrar alimentos a gente que los necesitaba. Gracias a eso, la familia obtenía ciertos víveres sin necesidad de recurrir al supermercado. Eso no solucionaba todo el problema, pero menos da una piedra.

Úrsula Melgar Arjona
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NARICES ROJAS.- Por Osvaldo Del Valle García

Cuenta Shador que hay mañanas con 3 soles .No se ven  porque se esconden uno detrás de otro, pero si estás preparado, notas su fuerza y te preparas para un día especial.
Shalima, siempre hacía caso a Shador, curandero  y mago de la aldea.  Shador le había dicho que a la mañana siguiente llegaría a Nazret la tribu de los narices rojas. Según las exactas cuentas de Shalima, Habían pasado 23 ciclos de lunas negras desde la última vez. Antes de que el sol hubiera acabado de aparecer ya estaban en ruta.
La mujer de los narices rojas estaba en pleno maquillaje cuando una niña acompañada de un estrafalario anciano la sorprendieron.
-¡Habéis vuelto!- se acercó entusiasmada Shalima 
-.Hay muchos sitios con niños que necesitan risas y los payasos sin fronteras tenemos que ayudarles a todos. ¿Aún Te acuerdas de nosotros? –Le preguntó la nariz roja
-Claro. No ha habido noche que no me haya acordado .Todavía guardo la lluvia de risa que nos regalasteis. 
Recogí un puñado y desde que lo tengo, por el día no puedo dejar de sonreír, y por las noches, además de dormir, he vuelto a soñar. Cada noche  sueño lo mismo, que soy una payasa y hago reír a la gente.
- Nosotros nunca regalamos nada en las actuaciones. Sólo risa –le replicó cada vez más sorprendida
Abrió muy lentamente su puño izquierdo y mostró su tesoro.se podían entrever los resecos restos de lo que un día fue confeti. La payasa no se pudo contener, empezó a llorar, y le regaló su nariz a Shalima. Su sueño se había hecho realidad…Y el de Shalima también.
Cuenta Shador  que una tarde de tres soles contempló un milagro de risa tan poderoso que cada vez que lo recuerda la felicidad le hace llorar.

Osvaldo Del Valle García
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viernes, 28 de febrero de 2014

LA PERSIANA.- Por Ángel Navas Rodríguez

Con un grito desgarrador, la persiana subió a trompicones, y, como por arte de magia, comenzó a bajarse la tristeza.
Evaristo murió hace ya cinco años. En este mismo cuarto. De viejo. Cuando empezaba a caer la noche, Matilde, hoy su viuda, acostumbraba a bajar las persianas de la casa. Ese día, al anochecer, la oscuridad de todos los días vino, y se quedó.
- Escúchame bien, Matilde –le dijo Pedro, el voluntario-. Quiero que todas las mañanas, en cuanto te levantes de la cama, lo primerito que hagas sea subir las persianas. 
El lamento del atrofiado mecanismo quedó solapado al instante por la invasiva claridad. Era un lugar donde anidaba la melancolía, pero después de tantos años en penumbra, la luz del sol, por fin, entró en la habitación. 
Y el silencio saltó hecho añicos. Matilde, llevándose las manos a las cejas, como si de una visera se tratara, y después de un leve carraspeo, levantó el auricular del teléfono.
- Si, dígame –dijo segura de si misma.
- Buenos días, Matilde –dijo Pedro, el voluntario-. A las once te recojo para ir a pasear.
Cogidos del brazo cruzan la calle y comienzan a caminar. El paso se ralentiza y Pedro, desde su atalaya particular, la mira de reojo.
- Ha sido muy duro perder a Evaristo –dijo Matilde, mirando de soslayo los balcones de su casa-. Creí que era fuerte, que lo aguantaría…
Pedro, el voluntario, sonríe satisfecho y la acaricia con cariño. Matilde acelera el paso. Hace un día precioso. Las persianas permanecen subidas.

Ángel Navas Rodríguez
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GUARDIANES CALLADOS.- Por María del Carmen Macedo

Oímos la frase: el perro es el mejor amigo del hombre. Pero en mi experiencia como voluntaria en albergues de animales, constato la veracidad de la cita, pero faltó agregar una pequeña excepción: muchas veces el hombre es el peor enemigo del perro. Perruna, la comunidad donde apoyo y yo, acudimos a rescatar a 19 perros del dominio de un hombre mayor, quien pasó de ser  dueño a volverse un acumulador. Extensas jornadas en las que propios y extraños juntamos donaciones de alimento, primero para él, y también para los animales. Se esterilizó a los perros en tres días sin descanso con la ayuda de un veterinario que no cobró ni un centavo, se trabajó en convertir el “hogar” sucio, abandonado y carcomido por años de descuido en un nuevo albergue. De ser una brigada de voluntarios, fuimos más: héroes; padres y madres de los cachorros salvajes que nunca habían visto más que a un humano: el señor que decidió cedérnoslos y nos demandó por allanamiento de morada, él, quien tomó las donaciones y luego nos traicionó, nos sacó junto a los perros, pero no hubo quejas nuestras, recurrimos a la acción legal y no procedió nada. Sin haber perdido la calma y cariño a los animales, las horas de limpieza, cuidados veterinarios, el empeño para pintar y lavar pisos… se llegó a una mágica solución, el Albergue San Cristóbal nos abrió las puertas de sus terrenos, reunimos esfuerzos para construir corrales, solventamos los gastos de nuestro bolsillo y el resultado fue simplemente el porqué hacemos lo que amamos: los perros están sanos y libres de encierro, amenazas o malos tratos y para uno como ser humano, el sabor de boca de contribuir a un mundo sin violencia es único, porque la indiferencia y el mal en la sociedad empieza cuando se le da la espalda a los más inocentes. Es lo que siempre decimos a los niños que vienen por vez primera a los refugios, ellos, que serán los protectores del mañana.

María del Carmen Macedo 
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REYES MAGOS.- Por María del Carmen Macedo

Año con año participo con mi esposo en un bonito proyecto llamado: Dona un juguete, un grupo de muchachos organizan colectas de ropa y juguetes nuevos o en buen estado y el domingo posterior al día de reyes se acude al lugar que se haya acordado para repartirlos, el primero al que asistí consistía en llevar los obsequios a un orfanatorio en donde había solo jovencitas. De modo que difundimos el evento por vía redes sociales y para este proyecto tuve la posibilidad de llevar bastantes donaciones, una bolsa grande de ropa de mujer para talla chica y mediana, además de juguetes para niñas más pequeñas, después en una camioneta se recabaría lo obtenido y se acordarían los últimos detalles de la convivencia que se llevaría a cabo con ayuda de otra organización hermana: Comida, no bombas. Camino al punto de reunión descendiendo del tren subterráneo había un hombre que tocaba la armónica por un par de monedas y a su lado dos niñas de menos de cinco años lo acompañaban aburridas. Lo pensé solo un segundo: del saco en que llevaba las donaciones ya contabilizadas tomé el juguete más grande, un juego de té y se lo puse en las manos a la niña mayor: ¿lo quieres?, dije, ella lo sujetó y con la otra pequeña lo miró asombrada, el hombre nos agradeció pero mi esposo y yo estábamos muy apenados por ese gesto de bondad que hacíamos de forma pública por vez primera. Tuvimos que reponer el juguete faltante, mas no importó porque una sonrisa extra nunca puede caerle mal a nadie. Las chicas del orfanato, además de la ropa nueva que lucieron, comieron lo que los colegas llevaron. Incluso conocidos que manejan las artes escénicas brindaron un espectáculo de payasos y las más chicas abrieron sus juguetes ansiosas, de la misma manera en que recuerdo a esas dos niñas sentadas en el suelo en medio de un melancólico ritmo de armónica.

María del Carmen Macedo 
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EL PODER DE RENUNCIAR.- Por María Gherasim

Nuestra vida es un instante entre el momento de llegar en el mundo real y el momento de pasar hacía el desconocido. Entonces me pregunto ¿cómo da tiempo de odiar, de destruir, de matar? Se puede dedicar un poco de tiempo para amar. El mundo está mal repartido: entre su lado lleno de riqueza y otro de dolor existen almas  que llegaron a ignorar cualquier sufrimiento, que les dan igual el dolor, el vivir, el morir porque de ellos se olvidó hasta el Dios. Si intentaremos dejar de pensar en nosotros mismos, será un buen comienzo de repensar la vida, de dejar de lado el orgullo de dominar el mundo. Entonces nos daremos cuenta que no son necesarias las armas, que mejor se pueden construir puentes entre almas, hogares donde los niños crezcan felices y preparen el futuro de este mundo envejecido e infeliz. Y así poco a poco como un aleteo de mariposa el efecto podrá llegar en cada rincón del mundo derrumbando barrera por barrera. Se puede empezar muy sencillo, renunciado cada día a pequeñas cosas, insignificantes para nosotros pero muy importantes para otros porque se pueden convertir en esperanzas de vivir un poco mejor o simplemente de vivir. El poder, la riqueza no traen la felicidad, al contrario, traen más deseos y frustraciones de no llegar a cumplir con todo porque cada día hay más y más...Encontrar la felicidad, no es fácil pero se puede inventar: si miramos en los ojos de un niño hambriento cuando le regalamos un trozo de pan, si miramos las lágrimas de un abuelo cuando le damos un abrazo en el día de su cumpleaños, si miramos la sonrisa de un hombre sin techo cuando le regalamos un té caliente en pleno invierno, descubrimos que la felicidad existe  tan cerca de nosotros, solamente tenemos que tener ojos para ver y tiempo para entender la simplicidad de las cosas que pueden traer una gran complejidad de inesperados cumplimientos.

María Gherasim
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LA RISA, LA MEJOR MEDICINA.- Por María Martínez García

La sala está en penumbra. La poca luz que ilumina la estancia proviene  de los cuatro focos que alumbran mi espejo. Me siento frente a él y observo la imagen que me devuelve. Mi vida no es perfecta, ni mucho menos, pero en este momento yo no importo, simplemente soy una pieza más en este rompecabezas llamado mundo. Empiezo a revolver todo. Pintura por aquí, pintura por allí. El traje y lista. Recorro los pasillos mientras rostros rotos de dolor me observan, sonríen y siento que haberme levantado de la cama ya ha tenido sentido.  Por fin llego a mi destino. Ante mi hay una gran puerta doble sobre la que cuelga un letrero: “Ala de pediatría”. La abro y el sonido de las risas infantiles se mezcla con los llantos silenciosos. Cada mañana el mismo recorrido, de la sala 320 a la 380. Una tras otra van alegrándome el día. Hay una en concreto, la 327, donde entrar es la mayor alegría, y a la vez la mayor tristeza. Llamo a la puerta y una voz risueña me permite entrar. Todas las mañanas la misma rutina, entro, la joven se acerca a mí, lee la placa que hay en mi traje y siempre dice la misma frase: “¡Mamá!¡Ya ha llegado Lucy la payasa!”. En ese momento mi sonrisa crece y aunque Alicia al día siguiente no me recuerde, por culpa de su enfermedad, se que debo hacerle olvidar donde está y sacarle una gran sonrisa.

María Martínez García
-Categoría La Rioja-

EL DOLOR DE OLINDA.- Por María Cristina Beovide

Cuando el obstetra empezó a maniobrar con decisión en el cuerpo de Olinda la partera  le apretó  fuerte la mano derecha que colgaba al costado de la camilla. Esperó un gesto de dolor, de miedo, para acompañarla, para que supiera que ella entendía su padecimiento. Pero no hubo una sola lágrima ni un ligero humedecimiento en los ojos de la mujer. Se dejaba hacer como si no se tratara de su cuerpo, como si esa carne hinchada y caliente no le perteneciera.

Olinda  sostuvo por algunos segundos una imagen que, como tantas otras veces, vino a  su mente. Aquella primera vez en que el  abuelo Antonio le hizo un juego que le dolió mucho y sangró. “No es para sufrir, mi chiquita, sos mi reina y me gusta jugar con vos, pero sólo con vos ¿sabés?” .

La partera también desandó el tiempo y recordó su ingreso como voluntaria en el Hospital de Niños. Tenía dieciocho años.  En esa tarea aprendió el valor de una caricia, de una palabra, del silencio compartido.

La mano de Olinda seguía  sin moverse,  laxa  en la mano de la partera. Olinda pensó ¿Esta mujer tendrá hijos? Luego la cabeza  se  le fue ordenando  de nuevo con las prioridades del cotidiano. Que sus hijos quedaron con la vecina, que si le alcanzaría la plata que  dejó. Que si se curaría de esta infección. Que si le darían gratis los remedios. 

Cuando la partera,  inclinándose despacito hacia ella, le susurró en el oído una antigua nana, la muchacha se sobresaltó. Sonrió avergonzada y unas cuantas lágrimas se animaron a bajar por su  piel áspera, injustamente áspera.

María Cristina Beovide
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AMARGO Y DULCE.- Por Sandra Monteverde Ghuisolfi

La doctora Farías llegó a la plantación de cacao después de un larguísimo y fatigoso viaje a través de la jungla nigeriana. Llevaba una gran cantidad de vacunas de las cuales se había provisto en una ONG de la zona. Sabía que en los cacaotales se vive bajo la planta casi, pues el control del crecimiento los árboles debe ser diario, continuo y minucioso. Por tanto, allí mismo encontraría niños que con seguridad jamás fueron vacunados. Virginia Farías llevaba muchos años luchando por la salud y la educación de los niños africanos, pero jamás se imaginó encontrarse un panorama tan pobre y desolador. Contó quince pequeños de ambos sexos, con edades comprendidas entre el año y los diez o doce, que presentaban claros signos de malnutrición. La médica hablaba un poco de cada idioma, por lo que se dirigió personalmente al encuentro del plantador mayor, de quien obtuvo el permiso para inocular a los niños; luego con mucha paciencia les explicó a los más grandes, que la miraban con una mezcla de respeto y fascinación, que sentirían como si los hubiera picado un tábano. Se corrió la voz entre todos y ni uno solo de los pequeños pacientes se quejó ni lloró. Una vez terminada la tarea, la doctora se sentó bajo un enorme árbol a descansar, hidratarse y reponer fuerzas, antes de retomar el camino y volver a Abuya, la capital del país a cientos de kilómetros hacia el sur. Tímidamente los niños se fueron acercando y Virginia repartió el contenido de su mochila entre los pequeños: dos botellines de agua tibia y varias chocolatinas. Los críos cogieron un botellín para repartir entre todos y dedicaron toda su atención al dulce. Mas tarde y aún chupándose los dedos cada uno se acercó a agradecerle que los hubiera convidado con el manjar más exquisito que hubieran probado en sus cortas vidas.

Sandra Monteverde Ghuisolfi
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jueves, 27 de febrero de 2014

EL VOLUNTARIO.- Por Eva Torre Fernández

Ya casi ni me acuerdo de los cinco años de tedio, desesperación e infierno que pasé cuando la empresa familiar quebró. Me levantaba todas las mañanas porque si no lo hacía, mis padres me habrían obligado a levantarme. Me iba después a dar una vuelta, fingiendo que iba a buscar trabajo (sí, lo hice los dos primeros años, pero luego ya no tenía ni fuerzas). Caminaba por las calles menos céntricas para no encontrarme con nadie conocido, para no tener que dar explicaciones, aun sabiendo que había mucha gente en la misma situación que yo porque la crisis había arrasado con muchos puestos de trabajo y muchas vidas. Por la tarde me quedaba en casa y pasaba horas en internet haciendo amigos virtuales que nunca conocería en persona. Había empezado a tener problemas con mis padres porque bebía demasiado, cada día comenzaba a beber un poco antes de que llegara la hora de la cena. 

Pero ya casi ni me acuerdo de esos cinco años y seguramente queden enterrados en la memoria negra del tiempo, donde se guardan los pecados no confesados, las depresiones pasadas, los deseos no cumplidos, las locuras y crímenes más inhumanos. Mi memoria, mi corazón y mi cerebro están hoy llenos de una esperanza y una alegría profundas, desde que decidí dar el paso. Hoy, sencillamente, soy feliz ayudando a otros y he comprobado que es verdad lo que una vez leí: Que aquello que te guardas para ti, lo pierdes, pero aquello que das, es tuyo para siempre.

Eva Torre Fernández
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EL SEXTO SENTIDO.- Por Raúl Guadián Delgado

La tristeza colgando de las pestañas 
Miradas huidizas 
La vergüenza prendida al pecho 
y los rugidos de tripas provocados por hambres dolorosos por desconocidos.

Los fracasos asomados al balcón de los hijos de las madres
La ilusión, cercenada sin saberlo, de los niños que maduran de sopetón
La desidia de las corbatas que, cada cuatro años, reparten abrazos a diestra y siniestra.

Y Sara, voluntaria de esas que ponen el mismo esmero, cariño y mantel que pondrían en su negocio, dignificando el guiso diario en un comedor social. Condimentado, el guiso digo, con la pasión que solamente se otorga a los compromisos que se nos pegan al costillar y no nos abandonan. Porque desarrollan el sexto sentido… ese que te permite distinguir la marginalidad que acecha. Ese, en resumen, que te permite disfrutar de las cosas pequeñas, que son las que merecen la pena. Para quitar las pinzas que sujetan la tristeza en las cuerdas de las pestañas y que la vergüenza abandone unos ojos que nos quieren mirar de frente. Porque, cambiada la hoja del almanaque, la ilusión volverá a sus miradas gracias a esos ángeles con arrugas en la frente y el sexto sentido pegadito al pecho, siempre al acecho.

Raúl Guadián Delgado
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ESOS OJOS.- Por José Serna Andrés

Eduard dobló el pañuelo por los pliegues y siguió sentado en la silla, delante de Mary.

   -Esta falda está muy bien cortada – decía Mary, mientras enseñaba el vestido a la voluntaria que los visitaba -. pero en esta residencia nadie lo sabe.

La mujer observaba a los dos ancianos con atención. Eduard no se comunicaba verbalmente, pero, a la hora de comer, si le gustaba la comida los abría, si no le gustaba los cerraba. Daba igual si le empujaban con suavidad el codo para que alzase la cuchara hasta la boca. Eduard sabía muy bien lo que hacía. ¿Por qué nadie de la residencia se había enterado de que había sido contable? ¿Por qué no importaban sus gustos, sus aficiones, sus deseos? ¿Es que era invisible?

   -Y tú, Eduard, no hace falta que hables conmigo –proseguía Mary -. Nunca me has caído simpático. Pero por lo menos está bien cortado el pantalón que llevas. Me gusta.

La voluntaria seguía preguntándose por qué tampoco le interesaba a nadie la vida de Mary. Había sido modista en un barrio de la ciudad. Eduard parecía no darse cuenta de nada, pero sus ojos no perdían un detalle.

   -¿Vamos a caminar un rato por el jardín? –dijo la voluntaria.

Eduard abrió los ojos y sonrió. Hacía mucho tiempo que no pronunciaba una sola palabra. Cogió su bastón y comenzó a caminar al lado de ella. La felicidad está en la lentitud, parecía decir con aquella mirada. Le brillaban un poquito los ojos.

Estuvieron unos minutos caminando y se sentaron en un banco. Otra cuidadora apareció por el otro extremo del jardín con Mary. A Eduard volvieron a brillarle intensamente los ojos.

José Serna Andrés
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"Sin título".- Por Maite Gamero Andueza

Si a Jaime le hubieran puesto una imagen de su futuro cuando comenzó su carrera de Ingeniería en la UR nunca hubiera pensado que su vida cambiaría de aquella manera. Acababa de cumplir 18 años y, gracias a la economía de sus padres, pasó cuatro años con los libros como última opción. Nunca había necesitado nada y quizás por eso no entendía que Rebeca, su compañera de piso, tuviera tantos problemas. Jaime hablaba de la crisis, de la prima de riesgo, de la subida del IVA, de los desahucios…siempre desde un punto de vista empresarial que Rebeca no llegaba a soportar y que fueron buena parte de sus discusiones durante años. 

Tras ese tiempo y un master en Londres, Jaime volvió a Logroño con ganas de comerse el mundo. En realidad, ya lo había intentado en Madrid y en Barcelona, pero no lo había conseguido. Su imagen superficial impedía al joven buscar un empleo por debajo de sus expectativas y, lo que comenzó siendo un juego de ‘señoritos’ se convirtió en una pesadilla.

En uno de esos paseos entregando CV, Jaime entró en una cafetería desesperado por un poco de cafeína. Al llevar la mano al bolsillo se preguntó que qué había sido de aquel muchacho que salía en la foto de su DNI. Todo había cambiado. Rebuscando euros en su cartera también encontró el teléfono de Rebeca. En realidad, era una excusa porque nunca se había olvidado de ella. ¿Cómo sería ahora su vida?, ¿cómo decirle que tenía razón?. Dudó en llamarla. Como tantas veces. Recordaba sus charlas sobre el voluntariado, sobre su vida en las ONG’s y tantas esas cosas que Jaime odiaba porque “no daban dinero”. Tres tonos... nada. Quizás había cambiado de teléfono. Finalmente, intuyó una sonrisa detrás de su teléfono. Esa sonrisa que, a pesar de todo, veía día a día en la cara de Rebeca y que sin querer había conseguido cambiar su mundo. Un mundo que él, como ese café, empezaba ahora a saborear. 

Maite Gamero Andueza
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¡hasta el techo! - Por Lisardo Díez Llamazares

Lola era menuda. Más risueña que morena o al revés, según la ocasión. Morena, menuda y risueña. Cada tarde, a mi llegada, sus infantiles pasos se hacían carrera por un pasillo estrecho para, al fin, echarse en mis brazos y relatarme sus aventuras cotidianas. Unas veces contenta, otras callada, su mirada buceaba en mis ojos mientras me decía que ese día también se había acabado toda la comida del plato. Reclamaba así su premio, ese que inventé especialmente para ella. Entonces, yo la alzaba entre mis brazos y ella estiraba los suyos, hasta llegar a acariciar el techo con las manos. En ese momento, en el fugaz roce de sus yemas contra el yeso, Lola era inmensa y feliz. Lo era.

Su pequeña estatura la anclaba a un suelo que acostumbraba a ser uniforme, y el escaso metro de zócalo que quedaba a su alcance le resultaba aburrido por conocido. Las paredes del piso de acogida la asfixiaban a diario al oprimirla con su verticalidad. Lola no comprendía por qué vivían allí. No entendía por qué mamá se callaba tantas veces unas lágrimas que susurraban miedos al hablar, saladas, desde el vértice silencioso de una mirada triste.

Durante los escasos meses que pude compartir con ella traté de salvarla de un devenir previsible, impuesto por circunstancias adultas tan ajenas como angustiosas. Aleatorias como la vida, las incógnitas de su presente y su futuro no hacían esperar ningún resultado positivo. Lola era, sin saberlo, la parte más maltratada de la ecuación.

-Gracias, Olga.- dijo al encontrarnos, años más tarde, durante uno de tantos paseos.
-¿Gracias? ¿Por qué?-pregunté ignorando los motivos de tan extraño saludo.
-Por nuestros techos.-contestó- Por todo. Por ayudarme a crecer al enseñarme a soñar.

Lisardo Díez Llamazares
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¿QUÉ PINTO YO AQUÍ?- Por Pilar Añíbarro Aguado

Pintora, llegó con la paleta dispuesta a plasmar en un lienzo los coloridos de Madagascar. Al llegar, pudo comprobar que el marrón era el predominante, chabolas de barro del mismo color que los pequeños que la miraban. Decidió pintar el agua azul, lo único que vio era el mismo tono de las garrafas que esperaban llenarse en un surtidor y cuyas mujeres cargaban en sus espaldas. Decidió pintar el verde, únicamente veía campos de arroz y el monocromático blanco de sus platos. Recordó los colores pastel, era la única forma de utilizarlos para aproximar el dulce a esos hambrientos niños. Para pintar grises tuvo que acudir a un centro de acogida donde las canas de los enfermos descansaban en colchones sobre el suelo. El amarillo aportado por el sol favorecía el sudor de aquellos hombres cansados que cargaban carros repletos de piedras tirados por bueyes. Regaló su equipo a la única escuela, se enfundó una camiseta de voluntaria y se puso a trabajar. El arco iris apareció en el horizonte.

Pilar Añíbarro Aguado
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miércoles, 26 de febrero de 2014

DESPUÉS DE LA TORMENTA SÍ SALIÓ EL SOL.- Por Araminta Gálvez

La tormenta asoló la aldea y durante una semana entera, la lluvia no cesó de caer. Los frágiles techos de las casas no soportaron esa embestida líquida y tenaz y se derrumbaron llevando consigo la vida de hombres, mujeres y niños que se pensaban protegidos dentro de su hogar. Las montañas se derrumbaron como castillos de arena llevando consigo piedras enormes, árboles arrancados de tajo, animales muertos y un lodo oscuro y sin esperanza. El paisaje se volvió gris y el sol no apareció durante varios días. El hambre, el frío y el miedo reinaban por todas partes. Las noticias eran desalentadoras. Las carreteras se habían interrumpido por los deslaves y no había esperanzas de que alguna ayuda llegara. ¿Quién se expondría en una situación así? Amanda tiritaba en el rincón de la iglesia donde Joaquín la había arrastrado con las pocas fuerzas que todavía le quedaban y ella ya no sabía qué era más intenso, si el dolor de sus dos piernas fracturadas, el hambre que la atormentaba o la impotencia y desesperación por ya no tener leche en sus pechos para alimentar a Joaquincito que ni siquiera tenía fuerzas para llorar. Desde sus triles los santos la miraban desolados. No había ningún resquicio de luz. Las velas se habían agotado y las ropas secado en sus cuerpos. 

Cuando la puerta se abrió y entraron esos jóvenes embarrados de lodo, cargando mochilas con alimentos y medicinas y diciendo que eran voluntarios que llegaban para ayudarlos, Amanda no lo podía creer, pero cuando vio a Joaquincito bebiendo lentamente la leche del biberón entendió que los milagros todavía existen y que la promesa de la esperanza aparece aún en la peor oscuridad.

Araminta Gálvez
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